Invasión desde Marte II

 
            
 

II

PIERSON. Mientras redacto estas notas sobre el papel, estoy obsesionado con el pensamiento de que puedo ser tal vez el último ser viviente que queda sobre la Tierra. He permanecido oculto en esta casa vacía cerca de Grovers Mill… Una pequeña isla de claro dia, separada por el negro humo del resto del mundo. Todo cuanto ha ocurrido antes de la llegada de esos monstruosos seres a la Tierra me parece en estos momentos un fragmento de otra vida… Una vida, que no guarda continuidad con la presente, furtiva existencia del único superviviente abandonado, que traza estas palabras sobre la cubierta de un cuaderno de notas astronómicas, que llevan la firma de Ricardo Pierson. Contemplo mis manos ennegrecidas, mis zapatos destrozados, mi traje hecho jirones, y me esfuerzo en relacionar todo con un profesor que vivía en Princeton y que, en la noche del 30 de octubre, miraba a través de su telescopio una explosión luminosa de una tonalidad anaranjada sobre un distante planeta. Mi mujer, mis colegas, mis alumnos, mis libros, mi observatorio, mí… mí mundo… ¿Dónde están? ¿Existieron en algún tiempo? ¿Soy yo Ricardo Pierson? ¿Qué día es hoy? ¿Existen los días sino hay calendario? ¿Pasa el tiempo cuando no hay manos humanas para dar cuerda a los relojes? Al consignar aquí mi vida de hoy, me digo que he de preservar la historia humana entre las negras cubiertas de este pequeño libro, que se había hecho simplemente para registrar los movimientos de las estrellas. Pero para escribir debo vivir, y, para vivir, debo comer… Me he encontrado en la cocina un pan enmohecido, y una naranja sólo parcialmente averiada y que me la puedo comer. Desde la ventana mantengo constante vigilancia. De cuando en cuando, puedo ver a un marciano por encima del negro humo.

El humo todavía retiene a la casa en que estoy, totalmente cercada con su negro anillo… Pero, por último, se produce un sonido silbante y, de repente, veo a un marciano, montado sobre su máquina, que rocía el aíre con un chorro de vapor, como si tratara de disipar el humo. Desde una esquina puedo observar cómo sus enormes piernas metálicas casi rozan esta casa.

Consumido por el terror, he caído como dormido.

Es de mañana. El sol lanza un torrente de luz contra la ventana. La negra nube de gas se ha desvanecido y los prados agostados, que se extienden hacia el norte, aparecen como si una tormenta de nieve negra hubiera descargado encima de ellos. Me aventuro a salir de la casa. Me dirijo hacia una carretera. No hay tráfico alguno. Aquí y allí se ven un coche destrozado, un equipaje caído, un esqueleto ennegrecido. Me encamino hacia el norte. Por alguna razón, me siento más seguro siguiendo las huellas de estos monstruos que escapándome lejos de ellos. Mantengo siempre una cuidadosa vigilancia. He visto comer a los marcianos. Si alguna de estas máquinas apareciese por encima de las copas de los árboles, estoy dispuesto en todo momento a dar un brinco y echarme extendido sobre el suelo. Me acerco a un castaño. En octubre las castañas están maduras. Lleno de ellas mis bolsillos. Debo conservar la vida. Hace dos días que ando errabundo, siguiendo vagamente la dirección norte a través de un mundo desolado. Por último, advierto a una criatura viviente… Una pequeña y rojiza ardilla que se mueve sobre la rama de un haya. La contemplo lleno de un sentimiento de profunda admiración. El animalito vuelve su cabecita y me mira. Creo que, en este momento, el animalito y yo compartimos la misma emoción… La alegría de encontrar a otro ser que vive, que vive también… Sigo hasta el norte. Encuentro unas vacas muertas en un campo nauseabundo. Más allá destacan las calcinadas ruinas de una lechería. La torre de un silo permanece en píe…, como un guardián sobre la llanura destrozada, como un faro desierto junto al mar. A horcajadas sobre la techumbre del silo, se yergue el gallo de la veleta. La flecha señala hacia el norte.

Al día siguiente, llego a una ciudad cuyos contornos me son vagamente familiares. Sin embargo, sus edificios aparecen extrañamente recortados y aplastados hasta el suelo, cual si un gigante hubiera partido en rebanadas sus más altas torres, de un caprichoso y descomunal manotazo. Llego hasta las afueras. He encontrado a Newark abatida, pero sin demoler, por algún capricho de los marcianos en su avance. Repentinamente, experimento una rara sensación de que soy vigilado, y entonces advierto algo que se agazapa en un portal. Me dirijo allí, y en seguida ese algo se levanta y se convierte en un hombre… Un hombre, armado con un ancho cuchillo.

FORASTERO. ¡Alto! ¿De dónde viene usted?

PIERSON. Vengo de… muchos sitios. Hace mucho tiempo, desde Princeton.

FORASTERO. ¿Princeton? Mmm… Eso era cerca de Grovers Mill. ¿no?

PIERSON. Sí.

FORASTERO. Grovers Mill… (Se ríe como si hubiera oído un buen chiste) . Allí no hay alimentos. Esta es mi tierra. Toda esta parte final de la ciudad hacia abajo, hasta el río. Sólo hay alimentos para uno… ¿Hacia dónde se dirige usted?

PIERSON. No lo sé. Creo que estoy buscando… gente.

FORASTERO. (Nerviosamente) ¿Qué es eso? ¿Entonces ha oído usted algo?

PIERSON. ¡Tan sólo un pájaro! ¡Un pájaro vivo!

FORASTERO. Usted debería saber que en estos días los pájaros tienen sombra… Oiga! Aquí estamos al aire libre. Vamos a refugiarnos en un portal y allí hablaremos.

PIERSON. ¿Ha visto usted a los marcianos?

FORASTERO. Se fueron a Nueva York. Durante la noche el cielo palpita con sus luces. Exactamente como si todavía viviesen allí sus vecinos. Durante el día no se les puede ver. Hace cinco días un par de ellos llevaban algo muy grande desde el aeropuerto a través de la Plana. Creo que están aprendiendo a volar.

PIERSON. ¡Volar!

FORASTERO. Sí, a volar.

PIERSON. Entonces podemos decir que la Humanidad se acabó ya, forastero; Solo quedamos usted y yo. Sólo dos supervivientes.

FORASTERO. Los monstruos se han establecido en una tierra firme: han arruinado a la nación más grande del mundo. Esas estrellas verdes… probablemente seguirán cayendo todas las noches en diversas partes. Tan sólo han perdido una máquina. No nos queda nada que hacer. Estamos deshechos. Estamos exterminados.

PIERSON. ¿Dónde estuvo usted? Usted lleva uniforme…

FORASTERO. Lo único que me queda. Yo estaba en la milicia, en la Guardia nacional. ¡Bueno va! No hubo más guerra que la que hubiera podido haber entre los hombres y las hormigas.

PIERSON. Pero nosotros ¿ramos hormigas comestibles. Eso es lo que yo he averiguado. ¿Qué van a hacer con nosotros?

FORASTERO. Yo lo tengo ya todo pensado. Hasta ahora nos cogían a medida que nos necesitaban. Un marciano no tiene más que ir andando unas pocas millas y coger de paso toda una multitud. Pero en adelante no lo harán así. Nos cogerán sistemáticamente… Escogerán a los mejores y los guardarán en jaulas o algo así. ¡Todavía no han comenzado con nosotros!

PIERSON. ¿Que no han comenzado?…

FORASTERO. ¡No han comenzado todavía! Todo lo que ha pasado hasta ahora, es porque no hemos tenido suficiente buen sentido para estarnos quietos; y les hemos estado molestando con cañones y toda esa porquería y perdido nuestra cabeza, corriendo en grandes manadas. Ahora en vez de andar moviéndonos como ciegos, nosotros tenemos que sujetarnos a vivir conforme a la actual situación. Ciudades, naciones, civilización, progreso…

PIERSON. Pero si eso fuera así, ¿qué razón queda para vivir?

FORASTERO. Ya no será posible establecer conciertos que duren un millón de años o algo así, ni habrá cenitas en los restaurantes. Si son diversiones tras lo que anda usted, creed que corre usted en vano.

PIERSON. ¿Qué es pues lo que queda?

FORASTERO. ¡La vida! Esto es lo que queda! ¡Yo lo que necesito es vivir! ¡Y usted también! No vamos a dejarnos exterminar. Yo no quiero dejarme coger tampoco, ni que me domestiquen ni que me ceben y engorden como a un buey.

PIERSON. Y ¿qué es lo que va a hacer usted, entonces?

FORASTERO. Yo me voy… justamente siguiendo sus pasos. Tengo un plan. Nosotros, los hombres, como hombres estamos liquidados ya. Todavía no lo sé bien, pero nosotros tenemos todavía que aprender mucho antes de que se nos ofrezca una oportunidad. Y tenemos que vivir y seguir libres hasta tanto que podamos aprender. Como ve usted, yo lo he pensado todo.

PIERSON. Dígame, dígame todo lo que piensa.

FORASTERO. ¡Bueno! No todos nosotros servimos para bestias salvajes, y así es como debe de ser. Por eso yo le vigilaba a usted. Todos los pequeños trabajadores de oficio y artesanos que solían vivir en estas casas, no hubieran valido. No tienen correa para eso. No servían más que para ir corriendo a su trabajo. He visto centenares de ellos, corriendo como animales, para coger su tren matutino de abonados, con miedo de que, si no lo alcanzaban, tendrían que ir luego como sardinas en lata, y otras veces corriendo también por la noche, con miedo de que no llegarían a tiempo a cenar. Tenían sus vidas aseguradas, e invertida una cantidad para el caso de un accidente. Y los domingos se aburrían soberanamente pensando en su porvenir. Los marcianos serán para ellos como un buen golpe de fortuna. Tendrán bonitas jaulas, buena comida, buena educación, y ninguna preocupación. Después de una semana o cosa así de andar errantes por los campos con cl estómago vacío, darán la vuelta y se verán contentos cuando los cojan.

PIERSON. Usted ha pensado en todo ¿no es así?

FORASTERO. ¡Vaya que si! Pero aún hay algo más. Esos marcianos cogerán a algunos de ellos como animalitos domesticables y les enseñarán a hacer algunos trucos. ¿Quién sabe? Tendremos que lamentar al niño que fue comenzado a domesticar, después creció y tuvieron que matarlo. Y a algunos, quizá, los enseñarán para que nos cazen a los demás.

PIERSON. No, eso es imposible. Ningún ser humano…

FORASTERO. Si, claro que lo harían. Hay muchos hombres que harán esto con mucho gusto. Si uno de ellos viniera detrás de mí…

PIERSON. Entretanto, usted y yo, y otros como nosotros ¿dónde vamos a vivir cuando los marcianos sean dueños de la Tierra?

FORASTERO. También me he preocupado de eso. Viviremos bajo tierra. Me he acordado de las alcantarillas. Bajo Nueva York se extienden millas y más millas de alcantarillado. Las principales son bastante grandes para cualquiera. Además, hay en el subsuelo bodegas, bóvedas, almacenes subterráneos, túneles de los ferrocarriles y del metro. ¿Me empieza a comprender usted, eh? Y conseguiremos reunir un puñado de hombres fuertes. Nada de gente débil. Esos desperdicios humanos ¡afuera!

PIERSON. ¿Y dice usted que vaya yo ahí con usted?

FORASTERO. Bueno…, yo le doy a usted una oportunidad para hacerlo, si quiere.

PIERSON. No nos pelearemos por eso. Siga.

FORASTERO. Y tendremos que buscarnos lugares bien seguros donde permanecer ¿sabe? Y deberemos conseguir todos los libros que podamos…, libras de ciencias se entiende. Ahí es donde los hombres, como usted, acostumbran a ir ¿no es así? Penetraremos furtivamente en los museos y espiaremos siempre a los marcianos. Puede que no tengamos que aprender durante demasiado tiempo antes de que… Imagínese nada más que esto: cuatro o cinco de sus máquinas de guerra que de repente echan a andar lanzando rayos de calor a derecha e izquierda sin ningún marciano dentro. ¡Sin ningún marciano dentro!, ¿me comprende? Si no sólo hombres, hombres que han aprendido lo mismo que ellos. Podría suceder esto, incluso en nuestro tiempo. ¡Oh! ¡Imagínese qué sería poseer uno de esos aparatos con su rayo de calor! Lo lanzaríamos contra los marcianos, lo lanzaríamos también contra los hombres. Pondríamos a todos de rodillas delante de nosotros.

PIERSON. ¿Es ése su plan?

FORASTERO. Usted y yo y unos pocos más, seriamos dueños del mundo.

PIERSON. Ya, ya lo veo.

FORASTERO. Oiga ¿qué le pasa? ¿Adónde se va usted ahora?

PIERSON. A un sitio distinto de su mundo. Adiós, forastero…

Después de dejar al artillero, llegué finalmente al túnel Holland. Entré por este silencioso camino subterráneo, ansioso por conocer cuál había sido el destino de la gran ciudad situada al otro lado del río Hudson. Con gran precaución, salí del túnel y me encaminé por la calle Canal.

Llegué a la calle Catorce, y allí volví a encontrar polvo negro y algunos cuerpos, y también un mal olor lleno de presagios, a través de las verjas de los sótanos de algunas casas. Seguí errante atravesando las calles Treinta y Cuarenta, y me paré solitario en la plaza del Times. Me fijé en un perro escuálido que corría par la avenida Dieciséis abajo con un pedazo de carne Oscura entre sus dientes, y a un montón de chuchos hambrientos siguiéndole. El perro dio un amplio rodeo en torno a mí, como si temiera que yo fuese un adversario recién llegado. Seguí marchando, Broadway arriba, en pos de las huellas de ese polvo extraño. Dejé atrás los escaparates silenciosos de las tiendas, que mostraban sus mudas mercancías a las aceras desiertas; atrás dejé también el teatro Capitol, silencioso, negro; pasé por una exposición de objetos de caza, en la que una hilera de rifles descargados apuntaban a una fila de patos de madera. Cerca del circulo Columbus vi un coche, modelo 1939, en las salas de exposición, que hacían frente a las calles solitarias. Desde la terraza del último piso del edificio de la compañía General Motors me fijé en un banderín de negros pájaros que daban vueltas en el cielo. Me apresuré a bajar. De repente, advertí la capucha de una máquina marciana, que se erguía en alguna parte del parque central, resplandeciente al último sol de la tarde. ¡Qué absurda idea se me Ocurrió! Corrí atrevidamente a través del círculo Columbus y entré en el parque. Subí a una pequeña colina sobre el estanque, a la altura de la calle Sesenta. Desde allí pude contemplar a diecinueve de aquellos grandes titanes metálicos, erguidos en una muda fila a lo largo del Malí, con sus capuchas vacías y sus brazos de acero colgando pesadamente a sus lados. Traté en vano de ver los monstruos que habitaban esas máquinas.

Al punto, mis ajos se sintieron atraídos hacia la inmensa bandada de negros pájaros que planeaban directamente debajo de mí. Dando grandes y pesados giros llegaron hasta posarse sobre la tierra, y allí ante mis ojos, duras y silenciosos, pude contemplar a los marcianos, desparramados por el suelo, y a las negras aves que picoteaban sus cuerpos y rasgaban jirones negruzcos de carne de sus cuerpos muertos. Más tarde, cuando estos cuerpos pudieron ser examinados en los laboratorios, se halló que habían sido exterminados por las bacterias de la putrefacción y de las enfermedades, contra las que sus sistemas fisiológicos no se hallaban preparados… Muertos, después que todas las defensas del hombre habían fallado, por la más humilde criatura que Dios en su sabiduría había puesto en esta Tierra.

Antes de que cayera el primer cilindro, existía la creencia general de que, a través de las profundas distancias del espacio, no existía otra vida que la que bullía en la insignificante superficie de nuestra minúscula esfera. Pero ahora miramos más allá, Admirable aunque borrosa es la visión que, yo me he atrevido a hacer surgir en mi mente, sobre una vida que lentamente se irá esparciendo desde esta minúscula semilla del sistema solar a través de las inanimadas extensiones del espacio sideral. Pero esto es un sueño remotísimo. Puede ser que la destrucción de los marcianos sea solamente un acto dilatorio. O tal vez a ellos, y no a nosotros está encomendado el futuro. Ahora me parece extraño el poder estar sentado en mí apacible estudio de Princeton, escribiendo el ultimo capítulo de mis memorias, comenzadas en una granja abandonada de Grovers Mill. Me parece extraño el contemplar desde mi ventana las torres de la Universidad, difuminadas y azulencas, a través de la bruma abrileña. Extraño me parece el mirar a los niños que juegan en las calles. Extraño me parece ver a los jóvenes que pasean sobre el césped, donde las nuevas hojas primaverales van borrando las últimas huellas negruzcas de una tierra lastimada. Extraño me parece ver entrar a los curiosos en el museo en donde se exponen ante el público las piezas desarticuladas de una máquina marciana. Extraño, por último, me parece todo cuanto recuerdo de la primera vez que la vi, brillante y limpiamente recortada, fría y silente, en el atardecer de aquel último gran día.

FIN

 

« Copyright 1940 por Princenton University Preas. Reeditado por permiso de Mónica Niocail, Inc.»

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~ por Loco en 13 julio, 2006.

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