El guardián entre el centeno

Ayer me enamoré de un fantasma. Jamás pude imaginar que una belleza así podría existir… bueno, tampoco estoy seguro que exista realmente…

Me levanté temprano, necesitaba documentarme para mi nuevo encargo así que me apresuré hacia la biblioteca. Hacía tiempo que no la visitaba, todo estaba cambiado. Paseé por sus grandes pasillos intentando encontrar algún pequeño vestigio de lo que dibujaban mis recuerdos. Pero en solo un instante esa curiosidad desapareció por completo, transformándose en un, ¿quién es ella? Preciosa, virginal y frágil aparecía ante mis ojos.

Sus cabellos dorados iluminaban toda la habitación, sus ojos – bueno no recuerdo el color de sus ojos – me cautivaron, aunque su fría indiferencia taladraba mi corazón. Llevaba un sencillo vestido azul que realzaba su perfecta figura pero sin exagerar demasiado. En su mano derecha llevaba un libro, “el guardián entre el centeno”, y un folleto de la biblioteca. Su piel era tan blanca que parecía que la luz la traspasaba. No podía dejar de mirarla, era definitivamente la mujer de la cual me enamoré en mis sueños.

Se acercó a mí sin mirarme siquiera. Mis manos sudaban, estaba muy nervioso. Cada vez se acercaba más, venía directamente hacia mí. Ya no podía mantener la mirada, cerré los ojos justo cuando ella estaba a 10 centímetros de mí. Entonces sentí una sensación muy agradable en mi interior. Abrí los ojos de nuevo, pero ya no estaba ella, me había atravesado. No puede ser. La seguí y observé todo su recorrido. Nadie percibía su presencia excepto yo. Ella pasaba a través de todos los que se cruzaban en su camino.

Estaba confuso, ¿que me estaba pasando? ¿Serían visiones? Estaba aterrorizado. Me acerque a su espalda, intente tocarla pero de nuevo mi mano atravesó su etéreo cuerpo. Una señora mayor me miraba perpleja y desconcertada ante mis irracionales intentos de atrapar el aire. Me fijé en los ojos de mi musa, eran apagados y tristes a la vez, perdidos en la profundidad de la habitación. El pánico me atrapó y escapé de la biblioteca. Al salir, el sol abofeteó mis ojos súbitamente al buscar un ápice de realidad en la mañana, y me senté en los escalones aturdido y desorientado.

¿Qué me pasaba? Tenía alucinaciones, pero eran demasiado reales, además recuerdo su olor, eso no puede ser causado por mi locura, ¿o si? Quizás era un espíritu rondador que actuaba como cicerone para sus recuerdos muertos. O quizás simplemente estaba loco.

Como el fuego al agua huí de aquel lugar encantado y desaparecí de mis rituales laborales por un día, sin olvidar en cada segundo, durante toda la mañana, la tarde y la noche, su mágico rostro resplandeciente, sus sensuales pasos entre cientos de libros de amor y sus rosáceos labios carnosos como si acabaran de ser pintados.

Ayer no dormí nada en absoluto. No he llamado al trabajo, nada me importa ya más que mi propia lucidez. Ahora me dirijo hacia la biblioteca de nuevo a cerciorarme de mis dudas. Me detengo en la librería, el destino me guiña un ojo cuando veo en el escaparate un libro, “el guardián entre el centeno”. No me lo pienso, lo compro. Quizás no sean simples coincidencias.

Llego al edificio y me siento en una de las múltiples e incómodas sillas de estudio a esperar lo que no quiero encontrar. Dos horas después de incontables cambios de posición en ese peligroso asiento, ella acaricia de nuevo mi mirada. Azules, sus ojos son azules, es aún más preciosa de lo que recordaba. Esta allí paseando, buscando algo en este inerte ambiente. Su ropa es totalmente diferente. Ojea su libro de Salinger mientras continúa andando. Tan radiante como siempre, tan hipnotizante… Rápidamente despierto del hechizo y alcanzo un bolígrafo extraviado en la mesa. Abro mi nuevo libro – es lo más parecido a un papel que he encontrado – y empiezo a anotar todos los movimientos que hace, todo lo que mira; a describirla, y a describir mis pensamientos. Y a los diez minutos, como el que cruza un paso de peatones cualquiera, cierra su libro y desaparece. Sí, desaparece. Quiero verla otra vez, ya no pido entender lo que está pasando, sino volver a sentir su presencia.

Vuelvo a mi hogar desfallecido, creo que he olvidado el corazón en aquel lugar. Me tiendo en mi cama y empiezo a leer “el guardián entre el centeno”. No se me va de la cabeza…

Me despierto al día siguiente con aliento de madera podrida y con el libro abierto sobre mi torso. Toda la noche escribiendo en el libro notas de desesperación, de agonía, de apatía a la vida, de dolor, de tristeza, de muerte…

Me encuentro de nuevo en la biblioteca ansioso de verla aparecer de nuevo. Soy borracho y adicto a su amor. Estos momentos suplen todas mis carencias. Soy consciente que no puedo poseerla, pero me conformo con empapar mis ojos una vez más con su belleza. Ahora sí se que estoy loco.

Justo al entrar por la puerta una sombra se cruza en mi camino, y se dirige a la escalera. La sigo vorazmente hasta llegar a la azotea. Y allí está ella, sentada al borde del abismo y observando la calle en las alturas con su libro fuertemente entre sus pechos. Sus finos cabellos serpentean en el aire mientras el viento azota su delicado cuerpo, arrebatándole una lágrima de sus ojos. Dejo escapar un grito: -¡¡No lo hagas!! ¡¡No te tires!!

Se vuelve, me mira fijamente a los ojos y se desprende de la cornisa horrorizada. Corro hacia allá, me asomo y no hay nada. ¿Me ha visto y se ha suicidado? Mis lágrimas rocían el aire. Ya no puedo soportar más este sufrimiento. Tengo que olvidarme de todo. Me dirijo hacia abajo y dejo mi libro justo en el mismo sitio donde la encontré por primera vez. Creo que esta es la mejor manera de terminar con algo, volviendo al principio. Me precipito hacia el exterior, casi tropiezo torpemente con un repartidor de folletos de la biblioteca al salir de allí. Quiero olvidarme de todo, he de olvidarme de todo…

Han pasado dos días. Aún no la he olvidado, pero tampoco he vuelto. Mi jefe no sabe nada de mí, mi alimentación es prácticamente inexistente y mi higiene nula. Sentado en mi sillón devoro programas, series y películas de la televisión para calmar mi perpetua angustia. Hasta que definitivamente una noticia calma esa angustia y la convierte en demencia…

<<…esta mañana se ha arrojado por la azotea de la biblioteca municipal una chica de 23 años de edad, todo apunta que estamos ante un suicidio…>>

Mis ojos y mis oídos inyectan adrenalina a mi sangre, y salgo hacia allá, deslizándome entre la gente de la calle tan rápido como me permite mi débil cuerpo. En mi cruzada tan solo escucho los rebotes de mi corazón y el llanto de mi respiración. Policías, una ambulancia y mucha gente alrededor. Me escapo de todos ellos y allí está ella. No hay duda. Es ella.

No puede ser. No lo entiendo, es real. La abrazo mientras yace en el suelo llena de sangre. Cojo su libro justo antes de que dos agentes me retiren de allí. Uno de ellos empieza a hablarme, pero no le escucho, no puedo escucharle. Acabó de darme cuenta que el libro que ella poseía era exactamente el mismo libro que yo compré, las mismas anotaciones, la misma letra, los mismos sentimientos… excepto en la última página, donde habían añadido…

<<…la oscuridad también ha hecho eco en mis sentidos, aquel que no puede amar no merece vivir, no es un defecto es una tortura, ¿para qué vivir con dolor, cuando puedes morir sin él?, siéntete afortunado de amar a alguien, yo ni siquiera tengo el derecho de hacerlo, mi naturaleza me lo ha negado, no merezco esto, quizás algún día nos encontremos y me enseñes a amar, adios>> 

By Mayhem

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~ por Loco en 24 junio, 2006.

2 comentarios to “El guardián entre el centeno”

  1. has leido este libro? yo estoy a punto de empezarlo, es para xalaos…o algo asi! 😛 dicen q esta bien.
     
    besacos gotikos ^^

  2. jajajaja, eyyyy, ke tal? pues si, lei ese libro ace muuuuuxo tiempo, y no es para xalaos como dicen, es ke fue mu polemico cuando lo editaron en su tiempo, ya ke el protagonista es mu paranoico. Weno, leelo y veras…
     
    kisses^^

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